Hoy en día se habla mucho de la seguridad en uno mismo, de sentirnos valiosos y válidos, de fomentar el amor propio, el amor hacia uno mismo. Para muchos esto resulta ser un misterio ¿Cómo puedo quererme a mi mismo de verdad? Parece que no basta con mimarnos y cuidarnos. No basta con mirarnos al espejo y decirnos a nosotros mismos “eres genial, te quiero”. ¿Qué es lo que se nos escapa?

Se nos escapan principalmente dos aspectos. Sino los tenemos en cuenta por mucho que hagamos cosas para cuidarnos más y mejor seguirán rondando por nuestra cabeza disonancias cognitivas y sentimientos de incredulidad. Los dos aspectos a tener en cuenta son:

  • Tener una actitud cálida hacía nuestra manera de ser, pensar, sentir y hacer.
  • Perdonarse a si mismo.

Aquí está la clave para que nuestro amor propio sea congruente y duradero en el tiempo. Ambas facetas promueven y alimentan que realmente sintamos y creamos que somos válidos y que nuestra forma de ser auténtica está bien.

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 Una actitud cálida es una actitud benevolente, comprensiva, empática hacia uno mismo. Así como cuando un amigo lo está pasando mal y necesita apoyo , nosotros abrimos nuestros brazos, oídos y mirada para acompañarlo, abrazarlo, consolarlo y estar a su lado, hemos de tener está misma actitud ante nuestras penas y nuestros errores. Siempre me ha llamado la atención como se promueve la empatía hacia los demás y no se promueve hacia uno mismo. La empatía hacía uno mismo es esencial porque tendemos a ser los jueces más sesgados y más duros con nosotros mismos. Cuando hacemos algo mal, nos equivocamos nuestro juez interno se despierta pegando gritos y exigiendo que nos castiguemos , a través de el auto-insulto o la autocritica más desgarradora. Por ejemplo: Una señora se olvida repetidas veces las llaves en su casa y la cartera y tiene que subir a su casa otra vez cada vez que sale de ella. Se repite a si misma desde el primer olvido “ es que soy idiota, insoportable, parezco tonta”. Es decir además del error que ha cometido y la frustración de tener que volver a casa, se hiere a si misma insultándose. Su juez interno no la deja respirar.

Que diferente sería si en este ejemplo esta señora uno de esos días se sentará en un escalón del portal de su casa y se preguntase a si misma ¿Qué me pasa? ¿por qué me olvido de esto todo el rato? ¿Qué necesito? ¿Cómo me siento?. Estoy segura que esta segunda actitud, la tendríamos con ser querido o amigo al que le sucede esto. Este es un ejemplo cotidiano, os invito a prestar atención a cuantas veces a la semana, por errores cotidianos nos castigamos. La dureza y crítica con la que nos tratamos solo consigue que repitamos de nuevo errores, que nos alejemos más de nosotros mismos.

¿Entonces por qué no vernos a nosotros mismos como un amigo o un ser querido? No nos vemos como nuestro amigo o como un ser querido porque no nos permitimos ser comprensivos y amables hacia nuestros errores. Esta falta de consideración y respeto hacia uno mismo está alimentada por el sentimiento de vergüenza y sostenido por el sentimiento de culpa. La vergüenza de sentir y creer que somos insuficientes, malvados, crueles y tontos por los errores cometidos en el pasado. La culpa sostiene este sentimiento porque nos recuerda que lo hicimos mal, que nos portamos mal, que fuimos desobedientes. Nuestro juez interno se encarga de avivar la culpa para fortalecer la vergüenza y sentir que no somos merecedores de cuidado, cariño y respeto. ¿Qué hacer al respecto?

Aquí es donde entra en juego el perdón, perdonarse a uno mismo. Cuantas veces hemos perdonado errores a nuestros amigos y seres queridos, cuantas veces nos hemos dado cuenta de que su intención era buena aunque se hubiesen equivocado. Seamos nuestro propio amigo, nuestro ser querido. Perdonémonos nuestras faltas y errores. Perdonarse es el paso más difícil y el más certero para dirigirte hacía un amor propio congruente, real. Para que cuando nos cuidemos y nos mimemos no pensemos en lo más profundo “no me merezco esto” ¡Si! Nos lo merecemos, si nos merecemos sentir que cometemos errores y somos valiosos.

Perdonarse no es solo cuestión de darse una palmadita en la espalda y decirse “me perdono”. Pero si sería interesante para comenzar a perdonarnos mirarnos al espejo y decirnos “me perdono por …” y confesarnos nuestros errores. Ver si surgen dudas, inseguridades, escepticismo o compasión por uno mismo. Para perdonarse hay que recorrer un camino largo en el que demos espacio y voz a nuestra frustración, a nuestro miedo, nuestra vulnerabilidad y hablar con nuestro juez interno.

En conclusión si nos tratamos como un enemigo y nos condenamos para siempre a sentirnos culpables, de nada servirán todos estos consejos y frases sobre como quererse más. Empecemos por ser compasivos (que no víctimas del destino) con nosotros mismos en vez de castigarnos tanto y poco a poco ir confesándonos cada uno de nuestros errores para poder salir de la frustración, la impotencia y el dolor y así finalmente perdonarnos.

L.G-A.V.

 

 

 

 

 

Sobre el Autor LgavTerapeuta

Soy psicóloga y psicoterapeuta. Mi perspectiva integra todas las dimensiones del ser humano en terapia. Por ello en este espacio comparto artículos e información, sobre psicología, mi manera de trabajar, actividades que propongo y además un espacio para preguntas y dudas.

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